martes, 4 de junio de 2013

La sueñera

Para poder dormirme, cuento ovejitas. Las ocho primeras saltan ordenadamente por encima del cerco. Las dos siguientes se atropellan, dándose topetazos. La número once salta más alto de lo debido y baja planeando. A continuación saltan cinco vacas, dos de ellas voladoras. Las sigue un ciervo y después otro. Detrás de los ciervos viene corriendo un lobo. Por un momento la cuenta vuelve a regularizarse: un ciervo, un lobo, un ciervo, un lobo. Una desgracia: el lobo número treinta y dos me descubre por el olfato. Inicio rápidamente la cuenta regresiva. Cuando llegue a uno, ¿logrará despertarme la última oveja?


Ana María Shua 

Las enemigas naturales de la luna

- Perdón, Poc. ¿Le puedo hacer una pregunta?
- Sí­.
- ¿A cuánto queda la Luna?
- ¿De ahí­ donde usted está parado o de dónde estoy yo?
- A ver, déjeme pensar…
- …
- …de donde estoy yo.
- ¿Usted quiere saber en horas o en libras esterlinas?
- Bueno, yo habí­a pensado en kilos, pero me da lo mismo.
- Yo calculo que a unos quince litros.
- ¿Litros por segundo o por minuto?
- Por kilo, ¿por qué?
- Estaba tratando de calcular el tamaño en relación con el Sol.
- ¿Por qué le preocupa eso?
- Es que, en caso de que la Luna se caiga, quisiera estar seguro de que lo harí­a en dirección al Sol y no en dirección a mi casa.
- Podrí­amos pensar que es la Tierra la que se va a caer encima de la Luna.
- Perdón, no entiendo el vuelco de su razonamiento.
- Es que, siendo la Tierra más grande que la Luna, la que saldrá lastimada será ella y no la Tierra.
- Sí­, pero… ¿qué pasa si soy yo el que se cae encima de la Luna? Siendo tanto más pequeño ¿no seré yo el más lastimado?
- En ese caso sí­ ¿ha notado alguna tendencia a caerse hacia arriba?
- Bueno, no es exactamente eso, pero la semana pasada me cansaba al subir tres pisos por escalera… y, ayer, subí­ seis pisos como si nada.
- Caramba…
- E iba con una bolsa cargada de naranjas, quizás unos 3 kilos.
- ¿No serán las naranjas las causantes de su ingravidez o, mejor dicho, las que lo vuelven más atractivo para la Luna?
- No lo habí­a pensado… déjeme ir por un par y hacemos un experimento (entra a su casa).
- …
- (Regresa con dos naranjas) …veamos, Usted debe controlar, primero saltaré sin ninguna naranja ¿quiere tenerlas, por favor?
- Prefiero no hacerlo hasta no estar seguro de que ellas no son las causantes.
- Lo comprendo. Las dejaré en el suelo… (deja las naranjas).
- …
- (da un salto) ¿Cómo estuvo?
- Normal, yo dirí­a que un salto común y corriente.
- De acuerdo, ahora veamos con una naranja (la toma)
- …
- (da otro salto) ¿Y ahora?
- Bueno, no quiero asustarlo, pero casi le podrí­a asegurar que fue un poco más alto.
- Qué terrible. Y yo, cargando naranjas como nada. Sigamos con la que falta (la toma).
- …
- (da otro salto).
- ¡No puedo creerlo! Fue evidentemente más alto. Se confirma mi hipótesis.
- (apoya una mano en el hombro del señor Poc) Estimado amigo… le debo la vida, jamás hubiera sospechado que por las naranjas estaba siendo atraí­do por la Luna.
- ¿Usted cree que a la Luna le gusten las naranjas?
- Quizás no sea que le gusten, pero tenga poder sobre ellas.
- Tal vez las naranjas son a nosotros, lo que los anzuelos a los peces.
- ¡Qué horror! Si no hubiera sido por su oportuna intervención quién sabe, quizás en un par de meses, o dí­as, ya estarí­a yo flotando, elevándome irremediablemente.
- No quiero alarmarlo pero… ¿ha comido mucha naranja últimamente?
- Tiene razón, sí­: como postre, en jugo, en ensaladas de frutas, en mermelada, pato a la naranja, lomo de cerdo a la naranja… creo que estoy en peligro. Ya no queda nada por hacer…
- No desespere, debemos pensar algo. Tiene que haber alguna solución…
- ¿Ponerme pesas en los pies? No, serí­a peor, por un lado me atraerí­a la Luna y por otro me sostendrí­an las pesas. Morirí­a descuartizado.
- No, estaba pensando en otra cosa… Debemos contrarrestar el efecto de las naranjas. Las naranjas, el color naranja en sí­, Usted sabe, está formado por…?
- La combinación de rojo y amarillo.
- Que son colores cálidos ¿cual es el color frí­o opuesto a esos?
- El azul.
- ¡Perfecto! ¡debe comer cosas azules!
- Nuevamente me sorprende, es brillante. Veamos, debo comer cosas azules, pero no cualquier cosa, sino frutas azules. Eso es, frutas azules… ¡Las uvas!
- Exacto. Las uvas son las enemigas naturales de la Luna.
- Por favor, acompáñeme al mercado a comprar naranj… perdón, quise decir uvas, fue un lapsus.
- No. Aún está en su poder y lo estará por un tiempo. Las naranjas lo tentarán de manera irresistible y sentirá que las uvas son feas o malintencionadas, sucias. Debe cuidarse.
- Tiene razón, le juro que comeré uvas aunque muera aplastado contra la Tierra por su peso.
- No, las uvas son buenas. Ellas nunca le harí­an eso. No permita que se filtren pensamientos negativos ¿Quiere flotar disparado hacia la Luna?
- Por supuesto que no.
- Entonces recuerde que, las uvas, son las enemigas naturales de la Luna. Dí­galo.
- Las naranj… ¡oh, Dios! ¡de nuevo!
- ¡Inténtelo! ¡Usted es más fuerte que las naranjas!
- (con mucha dificultad) Laa…as uuvvvass… ¡oh, siento que me hierve la sangre!
- ¡Siga, siga! ¡no se rinda!
- … sssoonnnn lass ennemmmigggass… natturales… dddee la Luuunnaa.
- ¡Bravo! Ahora vayamos al mercado.
- ¡Quiero una naranja! ¡por favor! ¡quiero ir a la Luna!
- No se rinda amigo, vamos al mercado por uvas.
- ¡Agh! ¡qué asco! Pero tiene razón, vamos por uvas antes de que sea demasiado tarde.

Luis María Pescetti

martes, 28 de mayo de 2013

"Historia Verídica" Julio Cortázar

Acá podés leer la versión original del cuento que leímos: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/cortazar/historia_veridica.htm

Conectores causales y temporales - Recursos educ.ar

Entrando a este link, vas a poder ver un video explicativo sobre el uso de los conectores, para completar lo que estuvimos trabajando: Conectores causales y temporales - Recursos educ.ar


"Las últimas miradas" de Enrique Anderson Imbert

El hombre mira a su alrededor. Entra en el baño. Se lava las manos. El jabón huele a violetas. Cuando ajusta la canilla, el agua sigue goteando. Se seca. Coloca la toalla en el lado izquierdo del toallero: el derecho es el de su mujer. Cierra la puerta del baño para no oír el goteo. Otra vez en el dormitorio. Se pone una camisa limpia: es de puño francés. Hay que buscar los gemelos. La pared está empapelada con dibujos de pastorcitas y pastorcitos. Algunas parejas desaparecen debajo de un cuadro que reproduce Los amantes de Picasso, pero más allá, donde el marco de la puerta corta un costado del papel, muchos pastorcitos se quedan solos, sin sus compañeras. Pasa al estudio. Se detiene ante el escritorio. Cada uno de los cajones de ese mueble grande como un edificio es una casa donde viven cosas. En una de esas cajas las cuchillas de la tijera deben de seguir odiándoles como siempre. Con la mano acaricia el lomo de sus libros. Un escarabajo que cayó de espaldas sobre el estante agita desesperadamente sus patitas. Lo endereza con un lápiz. Son las cuatro del la tarde. Pasa al vestíbulo. Las cortinas son rojas. En la parte donde les da el Sol, el rojo se suaviza en un rosado. Ya a punto de llegar a la puerta de salida se da vuelta. Mira a dos sillas enfrentadas que parecen estar discutiendo ¡todavía! Sale. Baja las escaleras. Cuenta quince escalones. ¿No eran catorce? Casi se vuelve para contarlos de nuevo pero ya no tiene importancia. Nada tiene importancia. Se cruza a la acera de enfrente y antes de dirigirse hacia la comisaría mira la ventana de su propio dormitorio. Allí dentro ha dejado a su mujer con un puñal clavado en el corazón.
FIN

Historieta de Kioskerman


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